domingo, 25 de febrero de 2018

Estos fantasmas eran los que le vigilaban su vigilia


Gustavo Adolfo Bécquer no dormía. Nunca pudo dormir, aunque los ojos de su cuerpo se cerraran. Tenía fiebre. Recostado a la orilla de su lecho, veía desfilar, lentas e interminables, las horas al rojo de su vida. Apagada la luz, tal vez abierta alguna hoja de la ventana, perdido «en ese limbo en que cambian de forma los objetos», era cuando su alma percibía, penetraba, adelgazándose, ese mundo confuso, desdibujado, donde las cosas aún no tienen nombre y hay que ir extrayendo de la niebla,

para moldearlas, denominarlas y, luego, ya una vez desprendidas de su centro, darles cuerpo de tierra y sangre de poesía. Pero para que el alma pueda navegar, recorrer ese mundo de sombras que aún no han dicho su primera palabra, ese hemisferio norte de desconocidos que aún ignoran la luz y el movimiento, necesita antes haber hecho de sus cinco sentidos cinco heridas anchas y profundas, capaces de absorber y ensangrentar toda la atmósfera que rodea, que envuelve y oculta en sus capas de humo la vida futura, poética, de esos extraños seres, oscilantes e inmóviles. Y el alma de Gustavo Adolfo se había abierto en la piel, barrenándoselas, esas hondas heridas, como cinco largos corredores oscuros, donde los pasos y los ruidos más leves despiertan en sus bóvedas los ecos más tristes y recónditos. Y no dormía. Y era en este sangrante estado de insomnio cuando las almohadas de su lecho se llenaban de rumores desconocidos y oía voces lejanas que le llamaban por su nombre, como desde el otro lado del mundo. Entonces tiene miedo. No sabe aún lo que sucede; pero su alcoba se ha ido llenando poco a poco de un angustioso olor a cera derretida, a incienso, a humedades de criptas abandonadas, a muerte. Cierra por un instante los ojos, pero para llorar, desesperado al abrirlos. Acaba de saber que ha muerto alguno que él quería. ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿Que huésped de las nieblas le ha visitado durante ese corto olvido de su sueño para traerle la noticia? No lo sé con certeza. Pero el alma de Bécquer, según él mismo descubre en uno de sus últimos poemas, se movía, mientras la noche, por unos altos espacios habitados de «gentes» desconocidas, mudas, que convivían con ella breves horas, en silencio. ¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Qué formas tenían? Si él alguna vez lo supo no quiso revelarlo. Yo sólo sé decir que la alcoba de Gustavo Adolfo estaba llena de espíritus, que a veces, tomarían cuerpos de objetos y seres determinados, pero que casi siempre eran impalpables, nebulosos, indefinidos: fantasmas. Y estos fantasmas eran los que le vigilaban su vigilia; los que él, a fuerza de agrandar los ojos en lo oscuro y hundir su brazo en el vacío, llegaba a palpar, a coger con la mano, a concretar, haciéndolos luego, al fundirles su sangre, criaturas tangibles de su poesía.

Todas las Rimas de Bécquer a mí se me aparecen como escritas a tientas, por la noche, sentado o recostado al borde de su lecho. Y ya se sabe que un lecho es una tumba que aún no ha abierto la boca para devorarnos, y que si apoyamos el oído contra ella podemos escuchar como un rumor sordo y vacío, que es sin duda la voz con que los sepulcros reclaman nuestros cuerpos. Y Bécquer, espantado, escuchaba y vigilaba esa voz, sin poderse dormir. Y lo mismo que algunos ángeles que vemos en los cementerios velando a la orilla de las fosas, escribía sus Rimas. Pero él no era de mármol; él era un pobre ángel de carne y hueso, perdido en una fría alcoba, sobresaltado por el crujir de las maderas, por el temblar de los muros, los cabezazos del viento y el fustigar de la lluvia en los cristales.
Publicado en "El Sol" Madrid, 18 de agosto de 1931.

Miedo y vigilia.
Rafael Albertí.

Publicado y pesquisado por Señor de Cascales

El Tiempo

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