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viernes, 2 de marzo de 2018

Y fue entonces, Alejandra Pizarnik


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Alejandra Pizarnik. Ella, Alejandra, dentro del palomar de su cabeza, anduvo volando, corriendo y frenando en seco, cayó en picado. Encuentro que es una autora, que en determinados libros (p. ej. “La extracción de la piedra de la locura”), al leerla me sugieren sus palabras el surrealismo de los cuadros de Dalí. Y esas imágenes, se enredan en desiertos angustiosos de luz, calaveras que flotan en el éter, ríos que surgen del cielo, nubes en los caminos como nieve recién pisada y todo dentro de una soledad, su soledad terrible que, en un momento determinado de su vida, hizo que tomase la muerte por su mano y desapareciese físicamente de este mundo. Insisto en lo de físicamente, porque su herencia, después de los años transcurridos sigue presente. Para darles una idea de sus circunvoluciones, tomo este texto del libro que menciono más arriba:

“…Como una voz no lejos de la noche arde el fuego más exacto. Sin piel ni huesos andan los animales por el bosque hecho cenizas. Una vez el canto de un solo pájaro te había aproximado al calor más agudo. Mares y diademas, mares y serpientes. Por favor, mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del cielo raso pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno de ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio. Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera, ¿Y qué puedes tú? Sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes. No hay por donde respirar y tú hablas del soplo de los dioses…”

Vivió acomplejada desde la niñez, primero por las comparaciones que hacía su madre entre ella y su hermana, luego en el colegio se convirtió en “la rara” y comenzaron sus crisis depresivas (el acné, el estar gruesa, minó su autoestima aún más).

Marchó a París y allí ya desarrolló su dependencia fatal de las drogas y en su vuelta a Buenos Aires, viviendo con su compañera fotógrafa, “llegaron las pastillas que cada vez le resultaban más necesarias para explorar la noche y la escritura o convocar el sueño, siempre a riesgo de confundirse y agudizar, en lugar de apaciguar, la angustia” recordaba Enrique Pezzoni, y que, en 1972, una dosis letal, acabó con su vida.

La crítica menciona que “la fusión entre vida y poesía de Pizarnik alentó las crisis depresivas y los problemas de ansiedad que poseía”, Ana Calabrese, amiga de Alejandra Pizarnik, “considera en parte responsable de la muerte de Alejandra al mundo literario de la época, por fomentarle y festejarle el papel de enfant terrible que ella actuaba

Por mi parte añadir, que no es una autora fácil de entender a la primera -por lo menos para mí- de sus libros leídos, he necesitado tiempo, leer y después darle vueltas para entender lo que dice, y, volver de nuevo a leer sus palabras en el contexto ya comprendido.

Y fue entonces
que con la lengua muerta y fría en la boca
cantó la canción que le dejaron cantar
en este mundo de jardines obscenos y de sombras
que venían a deshora a recordarle
cantos de su tiempo de muchacho
en el que no podía cantar la canción que quería cantar
la canción que le dejaron cantar
sino a través de sus ojos azules ausentes
de su boca ausente
de su voz ausente.
Entonces, desde la torre más alta de la ausencia
su canto resonó en la opacidad de lo ocultado
en la extensión silenciosa
llena de oquedades movedizas como las palabras que escribo.

Parte de sus libros, quedan aquí reflejados:

· La tierra más ajena, 1955.
· Un signo en tu sombra, 1955
· La última inocencia, 1956.
· Las aventuras perdidas, 1958.
· Árbol de Diana, 1962.
· Los trabajos y las noches, 1965.
· Extracción de la piedra de locura, 1968.
· Nombres y figuras, 1969.
· Poseídos entre lilas, 1969 (obra de teatro).
· El infierno musical, 1971.
· La condesa sangrienta, 1971.
· Los pequeños cantos, 1971.

Y los que aparecieron póstumamente:

· El deseo de la palabra (selección de poemas y textos críticos que Alejandra planeó con Antonio Beneyto y Martha I. Moia), 1975.
· Zona prohibida,1982 (Poemas, muchos de ellos borradores de piezas publicadas en Árbol de Diana, y dibujos).
· Poemas,1982.
· Textos de Sombra y últimos poemas, 1982.
· Entrevistas,1978.
· Correspondencia Pizarnik, 1998.
· Obras completas, 2000.
· Poesía completa, 2000.
· Prosa completa, 2002.
· Diarios, 2003.

Marjo Garel 02/08/2018 Para EL HUMANISTA

Fuente: Wikipedia y demás!

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