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viernes, 27 de abril de 2018

Después de 1984…


Dentro de uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de entonces eran horribles (…) este salvajismo no les impulsaba a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción militar infantil con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del Gran Hermano...

La violencia, la manipulación, la tiranía, en suma, ejercida por niños a una edad en la que, por su naturaleza, habrían de vivir ajenos a estas perversiones, alcanza el punto máximo de crueldad cuando genera temor en los adultos que los rodean. Temor al propio hijo, a la propia hija, que oye y ve cosas en casa que se desmarcan, o pueden desmarcarse, del orden político y social que impera. Esta tiranía del sistema que describe Orwell, en su 1984, lejos de parecernos ficticia y lejana se acerca de manera alarmante a nuestro tiempo, multiplicando sus riesgos exponencialmente con el auge tecnológico de nuestros días. Dispositivos móviles en forma de teléfonos, tabletas, ordenadores, MP4, consolas de videojuegos… son parte del arsenal con el que armamos a nuestros niños de hoy. Todo nos parece justificable hasta que, tarde y mal, caemos en la verdad que encierra esa expresión que dice: Nadie es inocente. Y no hace falta ir muy lejos para percibirlo. De hecho, muchas veces basta una simple aplicación para que nuestros niños se harten de cazar Pokemóns, por ejemplo, por toda la ciudad. Y lo de los Pokemóns es lo de menos. Lo que importa es tener una excusa para salir de caza.

De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres.

Parémonos a pensar. Hace tiempo que hemos dejado atrás 1984, pero la Policía del pensamiento, el Gran Hermano y, en definitiva, la alineación del ser, no ha hecho más que empezar.

Manuela Vicente Fernández

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