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domingo, 8 de abril de 2018

Lo que aprendí de mis aventuras con hombres casados


No estoy segura de poder justificar mis relaciones con hombres casados, pero vale la pena discutir lo que he aprendido de ellas. No sería una discusión entre las esposas y yo, aunque me interesaría escuchar su punto de vista. No, esta charla debería darse entre las esposas y sus maridos, cada año, como cuando llevas el auto familiar a servicio y revisión como la banda de rodamiento de los neumáticos para evitar accidentes.

Hace algunos años, mientras vivía en Londres, salí con hombres casados en busca de compañía mientras procesaba el duelo de mi reciente divorcio. No busqué específicamente a hombres casados; cuando establecí un perfil en Tinder y en OkCupid dije que estaba en busca de personas que querían pasar un buen rato sin ataduras. Varios solteros me enviaron mensajes y salí con algunos de ellos… pero también me llegaron mensajes de hombres casados.

Mi matrimonio duró veintitrés años y ahora quería sexo, no una relación seria. Es algo que puede complicarse, porque no siempre es posible controlar los apegos emocionales cuando de por medio hay química del cuerpo, pero supuse que el hecho de que esos hombres tuvieran esposas, hijos e hipotecas prevendría que las emociones se desbordaran. Estaba en lo correcto. No se apegaron demasiado ni yo tampoco. Sabíamos que no habría ninguna sorpresa.

Elegía con cuidado. El hombre no debía estar interesado en dejar a su esposa ni en comprometer de ninguna forma lo que habían construido ellos juntos. En varios casos las personas a las que conocí estaban casados con mujeres que tenían algún problema médico o alguna discapacidad y ya no podían mantener relaciones sexuales, y los esposos mantenían su devoción.

Durante ese tiempo de mi vida, me puse en contacto con una decena de hombres y me acosté con menos de la mitad. Con los demás intercambiaba mensajes o charlaba, lo cual a veces resultaba en casi la misma intimidad.

Antes de encontrarme con un hombre casado, le preguntaba: “¿Por qué estás haciendo esto?”. Quería garantías de que todo lo que él deseaba era sexo.

Lo que me sorprendía era que esos maridos no estaban buscando tener más sexo. Estaban buscando tener sexo, punto.

Conocí a un hombre cuya cónyuge había consentido de manera implícita a que él tuviera una amante porque ella ya no estaba interesada en el sexo de ningún tipo. Ambos, hasta cierto punto, obtenían lo que necesitaban sin tener que abandonar lo que querían. No obstante, todos los maridos que conocí habrían preferido tener sexo con sus esposas. Y, por alguna razón, eso no estaba sucediendo.

Sé lo que se siente quedarse sin ganas de tener sexo, pero también sé lo que es sentir más deseo que mi pareja. Puede ser mucho pedir acostarse con la misma persona durante más años de los que nuestros ancestros alguna vez esperaron vivir. Y hay que considerar que, en la menopausia, las hormonas de las mujeres disminuyen de manera repentina.

A mis 49 años, estaba al borde de esa etapa y me aterraba perder mi deseo sexual. Los varones no pasan por este cambio tan drástico. Así que tenemos este desequilibrio, un problema del tamaño de un elefante, tan pesado y vergonzoso que apenas podemos reunir las fuerzas para hablar de ello.

FlashNoticia | Un relato de NYT, leer íntegramente AQUÍ

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