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miércoles, 18 de abril de 2018

Lope de Aguirre y Fernando de Guzmán: históricos traídores

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Lope de Aguirre

Mucho se ha escrito, y más hablado, sobre el tema del Oro desde la llegada de Colón a América: si hubo una explotación desmedida, llegando al genocidio, o una negociación con el pueblo indígena para lograr el aprovechamiento de los recursos de aquellas tierras por parte de los españoles, incluso de los castellanos; dicho sea con ironía, porque todo el mundo habla y habla y no saben diferenciar que, en aquella época, eran dos cosas muy distintas.

Pero como en este post el objetivo no es debatir sobre el asunto del Oro de América en fechas lejanas ni tampoco discernir quiénes eran los castellanos y los españoles, hablemos de traidores: cegados por ciertos intereses, que dicho así, tal cual, alguien podría pensar que hubo las dos cosas. Negociaciones de dos Civilizaciones y una posterior corrupción.

Sobre Lope de Aguirre y Fernando de Guzmán queremos mostrar un libro, quizá el primero que denunció ciertos arrebatos de ciertos personajes que después serían históricos -ellos y sus disparates-, donde se narra una serie de sucesos y atrocidades. Decimos libro, que no documentos, aunque sea manuscrito -antiquísimo-, porque el aquí suscribe ha visto cartas, con fechas anteriores, que ya denunciaban de muchos abusos y descontrol por otros individuos, llegaran o no a personajes -históricos-, durante la primera mitad del siglo XVI... aunque la corrupción se dispararía, casi descontroladamente -o sin casi-, en la segunda mitad del mencionado siglo, El libro en cuestión, reza tal que así su largo título:

"Relación verdadera de todo lo que sucedió en la jornada de Omagua y Dorado que el Gobernador Pedro de Orsúa fue a descubrir por poderes y comisiones que le dio el Virrey Marqués de Cañete desde el Pirú por un río que llaman de las Amazonas... trátase así mismo del alzamiento de Fernando de Guzmán y Lope de Aguirre y de las crueldades de estos perversos tiranos"

Leer (online) AQUÍ.

Muy interesante el libro, pero como es muy difícil de leer, para muchos, la letra de un manuscrito, nos quedamos con este pasaje que escribiera un gran autor español de las letras universales, unos cuantos siglos después, y que quizá utilizó este volumen, aquí referido, para inspirarse y si no sería de cualquier otra publicación posterior que se inspiraría, muy probablemente, del aquí apuntado. Y así sucesivamente, quizá, hasta llegar al relato que da vida la película Oro, del afamado autor Pérez Reverte.

Léase a Pío Baroja en el siguiente fragmento sobre uno, especialmente, de los personajes aquí mencionado:

Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenado a muerte durante una sedición, se evadió y tomó el oficio de domador de caballos. Buen oficio para poner a prueba su bárbara energía. A Lope le conocían entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.

En 1560, el virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, confió al capitán vasco Pedro de Ursúa una expedición para explorar las orillas del Marañón en busca de oro. Lope fue uno de los principales jefes de la partida.

Una noche, el inquieto Aguirre sublevó a la tropa expedicionaria, y él mismo cosió a puñaladas al capitán Ursúa y a su compañera, Inés de Atienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.

Lope asesinó también al teniente Vargas y dirigió un manifiesto a los rebeldes, que le siguieron. Los sublevados proclamaron general y príncipe del Perú a Fernando de Guzmán, y mariscal de campo a Lope de Aguirre.

Como Guzmán reconviniera a Lope por su inútil crueldad, el feroz vasco, que no admitía reconvenciones, se vengó de él asesinándolo y cometiendo después una serie de atropellos y de crímenes.

A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorcó a ocho que no le parecían bastante fieles), bajó por el Amazonas y recorrió, después de meses y meses, la inmensidad del curso de este enorme río y se lanzó al Atlántico.

No contaba Lope más que con barcas apenas útiles para la navegación fluvial; pero él no reconocía obstáculos y se internó en el océano. Lope de Aguirre era todo un hombre.

Resistió en alta mar, cerca del ecuador, dos terribles temporales en sus ligeras embarcaciones, y fue bordeando con ellas las costas del Brasil, de las Guayanas y de Venezuela.

Allí donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos,

El fraile de la flotilla se permitió aconsejar, suplicar a su capitán que no fuera tan cruel. Aguirre le escuchó atentamente, y atentamente lo mandó ahorcar.

Sintiendo quizá remordimiento en su corazón endurecido, llamó a su presencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con él; y como el buen sacerdote no quisiera darle la absolución, ordenó lo colgaran, sin duda para que hiciese compañía al otro fraile ahorcado.

Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la misma suerte.

De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban a Lope más que ciento cincuenta, y de éstos, muchos iban, por días, desertando.

Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegó fuego, y luego se refugió, con su hija y algunos compañeros fieles, en las en las proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.

Allí, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribió un memorial a Felipe II, justificándose de sus desmanes, y para dar más fuerza a su documento, lo firmó de esta manera audaz, cínica y absurda:

Lope de Aguirre, el traidor.

Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron acorralando al capitán vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.

Quebrantado, cercado, cuando se vio irremisiblemente perdido, Lope, sacando su daga, la hundió hasta el puño en el corazón de su hija, que era todavía una niña.

-No quiero -dijo- que se convierta en una mala mujer, ni que puedan llamarla, jamás, la hija del Traidor.

Después mandó a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro de arcabuz.

El soldado obedeció.

-¡Mal tiro!-exclamó Lope al primer disparo, al notar que la bala pasaba por encima de su cabeza.

Y cuando sintió, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pecho y le quitaba la vida, gritó, saludando a su matador con una feroz alegría:

-Este tiro ya es bueno.

Realmente Lope de Aguirre era todo un hombre.

Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco, conservándose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada en una jaula de hierro."

Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus Recuerdos históricos de Lúzaro, y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de mi abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.

El leer aquellas aventuras de Aguirre me producía un poco la impresión que produce a los niños Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga al juez. A pesar de sus crímenes y de sus atrocidades, Aguirre, el loco, me era casi simpático.


Pío Baroja: "Las inquietudes de Shanti Andía", 1911.

Publicado y pesquisado por Señor de Cascales para El Humanista.

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