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martes, 17 de abril de 2018

Los gérmenes que adoran las gaseosas dietéticas



Hay mil razones para evitar los alimentos procesados. A menudo están llenos de azúcar, grasa y sal, y suelen carecer de algunos nutrientes esenciales para la salud, como la fibra.

Ahora, una nueva investigación sugiere que algunas de las sustancias añadidas que extienden la vida de estos alimentos en los anaqueles y mejoran su textura podrían tener efectos secundarios involuntarios, no directamente en nuestro cuerpo, sino en el microbioma humano, las millones de bacterias que habitan en nuestras entrañas.

Estas sustancias podrían alimentar de manera selectiva a los miembros más peligrosos de nuestras comunidades microbianas, ocasionando enfermedades e incluso la muerte.


Veamos el aumento en los casos mortales causados por la Clostridium difficile (también conocida como C. diff), una bacteria que ocasiona una terrible enfermedad intestinal. Suele presentarse justo después de haber consumido antibióticos para tratar otro padecimiento. Esos antibióticos acaban con tus microbios naturales y permiten el ingreso de la C. diff.

Casi medio millón de personas desarrolla la infección al año, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, y aproximadamente 29.000 pacientes fallecen, en ocasiones luego de largos y dolorosos episodios de diarrea sanguinolenta. Según un cálculo aproximado, el número de muertes relacionadas con la C. diff se incrementó cinco veces entre 1999 y 2007.

La bacteria se ha vuelto más poderosa porque ha desarrollado resistencia a los antibióticos y no puede tratarse con facilidad. Pero hace unos años, Robert Britton, microbiólogo de la Facultad de Medicina de Baylor, descubrió algo más acerca de la C. diff: las cepas más virulentas superaban en cantidad a las menos virulentas dentro del intestino.

Britton y sus colegas querían saber qué les daba ventaja a estas cepas, así que analizaron con detenimiento 200 azúcares y aminoácidos presentes en el intestino para determinar si estos microbios aprovechaban alguna fuente alimenticia más que otras. Los resultados de su investigación, que se publicaron hace poco en la revista Nature, sugieren una adaptación engañosamente banal: dos de las cepas más problemáticas de la C. diff poseen una capacidad única para aprovechar un tipo de azúcar llamado trehalosa.

La trehalosa está presente de forma natural en los champiñones, levaduras y mariscos, entre otros. Históricamente, ha sido un producto costoso, pero a finales de la década de 1990, un nuevo proceso de manufactura abarató el azúcar. Eso se tradujo en buenas noticias para las empresas que producían alimentos empacados, ya que la trehalosa funciona de maravilla para estabilizar alimentos procesados, los mantiene húmedos en los estantes y mejora su textura. Desde 2001, aproximadamente, hemos añadido ese tipo de azúcar a todo, desde galletas hasta carne molida.

Lo que Britton y sus colegas sostienen es que al hacerlo, hemos cultivado las cepas más tóxicas de C. diff sin saberlo, generando así lo que se ha convertido en el azote de los hospitales.

Como evidencia, Britton señala la aparición de las epidemias recientes a causa de la bacteria C. diff. Las cepas virulentas ya existían antes del año 2000, pero no ocasionaban tantos brotes. Fue hasta después de que se agregaron grandes cantidades de trehalosa al suministro de alimentos que se volvieron tan mortales.

“Esta investigación demuestra que las personas deberían considerar el impacto ecológico de las sustancias añadidas a los alimentos”, comentó Britton. “Nuestras bacterias intestinales son bombardeadas con cosas que jamás hemos comido o que nunca hemos consumido en las cantidades que lo hacemos ahora”.

Por supuesto, como reza el viejo mantra, correlación no implica causalidad, y es probable que la trehalosa no sea el único factor detrás del incremento en la epidemia causada por la C. diff. Pero Britton también descubrió que a los ratones infectados con las cepas virulentas de la C. diff que consumían este tipo de azúcar les iba peor que a los ratones infectados que no consumían el azúcar.

Su investigación se suma a un corpus de evidencia que señala que los añadidos habituales de los alimentos pueden hacer que nuestras comunidades microbianas tomen direcciones perjudiciales, no solo contribuyendo potencialmente al surgimiento de nuevos patógenos, sino también fomentando la aparición de enfermedades como la obesidad, la diabetes y la enfermedad inflamatoria intestinal.

Retrocedamos y preguntemos: en todo caso, ¿para qué tenemos un microbioma? ¿Por qué llevar a cuestas unos cuantos kilos de microbios en nuestros intestinos? Justin Sonnenburg, microbiólogo de la Universidad de Stanford, aseveró que una razón consiste en que estos microbios pueden cambiar con rapidez en respuesta a nuevos alimentos, ayudándonos a exprimir calorías de una variedad más amplia de alimentos de lo que nuestro cuerpo nos permitiría normalmente.

Como ejemplo señaló la investigación del microbioma en habitantes de Japón. Ese microbioma tiene la capacidad única de descomponer el alga marina y los científicos creen que adquirió su talento al pedir prestado ADN de los microbios que habitaban en el alga. La conclusión es que al comer grandes cantidades de alga marina, el japonés ancestral obligó a su microbioma a evolucionar hasta adaptarse a su dieta. Y al parecer estaban mejor: sus microbios podían extraer más calorías de sus alimentos y tener una mejor nutrición.

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