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miércoles, 16 de mayo de 2018

El riesgo de los laboratorios genéticos caseros


Cuando era apenas un adolescente, Keoni Gandall ya operaba un moderno laboratorio de investigación desde su recámara, en Huntington Beach, California. Mientras sus amigos compraban videojuegos, él adquiría equipo de laboratorio; así, se convirtió en propietario de unos diez dispositivos —entre ellos, un transiluminador, una centrífuga y dos termocicladores— para un pasatiempo que en otra época solo estaba al alcance de estudiantes de doctorado en laboratorios institucionales.

“Solo quería clonar ADN con mi robot de laboratorio automatizado y, posiblemente, hacer genomas completos en casa”, comentó Gandall.

El suyo no es un caso aislado. Desde hace algunos años personas identificadas como biohackers se han abocado a la modificación casera de genes. A medida que se abarata el equipo y se difunden más los conocimientos acerca de las técnicas de modificación genética, surgen más ciudadanos-científicos con ideas para manipular el ADN de maneras sorprendentes.

Hasta ahora, sus actividades se han limitado a experimentos caseros fallidos. El año pasado, por ejemplo, un biohacker se inyectó ADN modificado para intentar aumentar su musculatura (lo cual no ocurrió).

En una entrevista realizada hace poco, Gandall, quien ahora tiene 18 años y es investigador en Stanford, señaló que su único interés es garantizar que exista acceso libre a la tecnología de modificación genética, pues está convencido de que las mentes menos esperadas harán los descubrimientos biotecnológicos del futuro.

No obstante, reconoce que la revolución de la genética casera podría tener consecuencias terribles algún día.

“Incluso me atrevería a decir que el nivel de regulación de la síntesis del ADN sencillamente es insuficiente”, se lamentó Gandall. “Estas regulaciones no van a funcionar cuando todo se descentralice, cuando cualquiera pueda tener un sintetizador de ADN en su teléfono”.

La preocupación más apremiante es que alguien, en alguna parte del mundo, pueda utilizar esta tecnología cada vez más difundida para crear un arma biológica.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Alberta, en Canadá, ya logró recrear una enfermedad extinta de la familia de la viruela, la viruela equina, al combinar fragmentos de ADN que pidieron por correo; lo hicieron en solo seis meses y les costó unos 100.000 dólares, todo sin que las autoridades siquiera pestañearan.

Algunos expertos consideran que ese experimento puso punto final al debate de hace décadas sobre si destruir las dos muestras restantes de viruela en el mundo —conservadas en las instalaciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades en Atlanta y en un centro de investigación en Rusia—, pues quedó demostrado que si hay científicos que quieren experimentar con el virus, ahora pueden crearlo ellos mismos.

El estudio, publicado en la revista PLOS One, incluye una descripción muy detallada de los métodos empleados, además de una serie de consejos y trucos para evadir ciertos controles u obstáculos, lo cual es muy alarmante para los especialistas. Muchos expertos coinciden en que sería muy difícil que biólogos aficionados, de cualquier tipo, diseñaran un virus mortífero sin ninguna ayuda. Sin embargo, a medida que más hackers se mueven del código informático al genético con habilidades cada vez más sofisticadas, las autoridades de seguridad sanitaria temen que sea más posible cometer abusos.

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