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martes, 1 de mayo de 2018

Emily Dickinson


SU VIDA

Es una de las grandes figuras de la literatura norteamericana del siglo XIX, aunque irónicamente, apenas publicó unos pocos versos en vida (no se sabe el número exacto, pueden ir desde 5 a 10 según biógrafos). El resto en un número cercano a los 2000 poemas, al ver la alanzaron el éxito consagrándola como “clásico” de las letras tras su muerte en 1886.

La primera imagen de Dickinson, la de los 9 o 10 años, es un retrato al óleo en el que está con sus dos hermanos, Austin (el mayor y Lavinia, menor que Emily), de los que no se separó nunca. Las tres figuras infantiles muy juntas nos enseñan más sobre esas tres vidas que cualquier extensa biografía. Los tres son enormemente parecidos: sus grandes ojos, frentes anchas y bocas con un atisbo interior de sonrisa, soledad e inteligencia. En las manos tiene a su alcance los dos signos mayores de su vocación, una flor y un libro.

Fue una poetisa innovadora, inteligente, profunda y brillante, pero la sociedad de su tiempo se mostró incapaz de acceder a su obra. Su vida también es un misterio del que tan sólo conocemos lo que ella deja translucir a través de un millar de cartas que intercambió con varios personajes de la época.

Emily Dickinson nació en 1830, en Amherst, Massachussets (Nueva Inglaterra). Su familia era una de las de mayor influencia en la sociedad puritana de la próspera localidad y su casa, Homestead, era frecuentada por la clase dirigente. Su padre, miembro del Congreso y tesorero del Ambert College, fue un abogado culto y austero. Tanto ella como sus dos hermanos (Austin y Lavinia), estaban acostumbrados a estas reuniones y a la vida social que podía darse en el pueblo.

En 1840, con diez años, fue inscrita en la Academia de Amherst, done estudió: Historia, Literatura, Matemáticas, Lenguas clásicas, y todo lo que estuvo a su alcance, superando sus propias exigencias y su deficiente salud.

A través de Benjamín F. Newton, conoció muy temprano la obra de Ralph Waldo Emerson. También leyó a Henry David Thoreau, y a los novelistas Nathaniel Hawthorne y Harriet Beecher Stowe. Posteriormente ingresó en el “Seminario para Señoritas Mary Lyon” de Mount Holyoke. Su estancia fue breve pues pocos meses después enfermó y volvió a casa. Nunca volvió a estudiar en un centro educativo

Comenzó a escribir poemas a los 20 años, primero en un estilo fantástico dando paso a otros experimentos narrativos. Su época más productiva fue posterior a la Guerra Civil, en esa fecha decide vestir siempre de blanco y recluirse en su habitación, el espacio que ella considere como de verdadera libertad. Su aislamiento llega al resto del mundo, manteniendo solo unas pocas amistades, como el escritor Samuel Boswell, con quien sostuvo larga correspondencia. Así transcurrió su vida, entre el mundo poético que se desataba intramuros de su habitación y el cuidado y atención a su casa y a su madre, postrada por enfermedad tras la muerte de su padre.

Ya en la adolescencia desarrolló un espíritu crítico obstinado y soberano, manteniéndola al margen de los arrebatos de religiosidad a que era tan proclives su entorno. Se alimentaba de Shakespeare, de las hermanas Brontë, de Dickens, de George Eliot y Elizabeth Barrett Browning. No escribía sus poemas para que los leyera nadie, y pocos fueron los que se publicaron mientras vivía de manera anónima, más la vida que quiso que tuvieran, es más rica, fluida y sinuosa que la de la imprenta.

Emily Dickinson mantuvo una correspondencia muy activa con el exterior, entre los que se encuentra su larga correspondencia, iniciada en 1862, con el clérigo y escritor Thomas Wentworth Higginson. Este representante del establishment literario del momento recibía con cautela los poemas enviados durante años. Su poesía, llena de metáforas, con una sintaxis innovadora (a través del uso y abuso de guiones y mayúsculas), con un ritmo trepidante, desconcertaban a un Higginson preocupado en agradar a su público al escribir sus obras. La animó a seguir escribiendo, aunque recomendó que no publicara, por creer, que al igual que él, los lectores no la entenderían.

Tenía costumbre de enviar poemas en las cartas a sus amigos, a veces el mismo poema en distinta versión, dudando en la elección del definitivo, en ocasiones aparecían al lado de un sustantivo, una lista de adjetivos. Solía acompañarlas de dibujos y flores secas u hojas de los árboles a los que aludían sus versos. Un poema que hablaba de la esperanza, como una casa en construcción, lo escribió en un papel recortado en una forma de casa. Otro que alude a la impresión súbita que lo acierta a uno como un disparo, está en un sobre doblado en forma de flecha. Dejó de usar la pluma para escribir con lápiz. El lápiz le da a su escritura una libertad de garabato y dibujo, una urgencia de taquigrafía.

Aquejada del Mal de Bright, Emily fallecía el 15 de mayo de 1886 después de años de sufrimiento, al haber permanecido tanto tiempo inactiva.

Dickinson, Emily, la fuerza de la poesía íntima

Tras la muerte de Emily Dickinson, en 1886, su hermana Lavinia editó una selección de sus poemas en tres volúmenes. A pesar de varios errores editoriales, el primer volumen obtuvo cierta fama. Años después y tal vez alentada por este éxito, una sobrina de la poetisa transcribió y publicó otros poemas suyos. Finalmente, la edición de Thomas H. Jonson en 1955 de sus obras completas dio a conocer al gran público el trabajo de la autora.

Sus poemas, en los que trata con inteligencia y sofisticación temas tan universales como el amor y la muerte, han tenido desde entonces una considerable influencia en la poesía moderna. Su obra, compuesta principalmente de poemas breves, resulta tremendamente innovadora por el uso de guiones y mayúsculas, su métrica rota, rima asonante, metáforas poco convencionales y un compendio de singularidades que son fiel reflejo de su profunda vida interior.

En los que tema es el amor domina la nota personal, y la feminidad de Dickinson, casi siempre sofocada, hallando aquí, a veces, un desahogo. Son, raros los gritos de pasión; anotando, con delicada sensibilidad, las pequeñas alegrías de un casto sentimiento correspondido o por lo que nunca podrá ser.

El tiempo y la eternidad, descubren más vastos y menos personales horizontes interiores, dándole mayor libertad y felicidad de expresión. Así, en "Ha habido una muerte en la casa de enfrente, la encontramos mirando por la ventana: "Los vecinos se mueven dentro y fuera, el coche del doctor se va. Una ventana se abre mecánicamente, de golpe, de un modo súbito; alguien saca un colchón. Los niños pasan apretando el paso, se preguntan si Eso se muere allá arriba. Así hacia yo, de niña. El sacerdote entra tranquilo como si la casa fuese suya... y después la modista, y el hombre de la triste profesión, para tomar las medidas de la caja". logra comunicar el sentido trágico y conmovedor de la muerte humana, frente al misterio. “Misterio” al que Dickinson no tiene miedo:

No he visto nunca una landa,
nunca he visto el mar,
y sin embargo, sé cómo está hecho el yermo,
y sé lo que debe ser la ola.
Nunca he hablado con Dios,
nunca he visto el Cielo,
y sin embargo, conozco el lugar
como si tuviese un mapa de él.


Los versos comprendidos en el apartado "Un solo sabueso" se inspiran en los mismos temas, pero con semblante más vivo, menos cuidado.

“Sentí un Funeral, en mi cerebro…”

Esa mirada abismada hacia el interior es una marca de la casa de Dickinson, cuya grandeza, nos permiten imaginarnos ese prodigio humano, por más doloroso que sea casi siempre:

“Como si…/Yo [fuera] una Raza extraña y solitaria…”

El amor es una pasión determinante en la poesía de Dickinson, y penetra muchos de sus poemas, siempre con una intensidad arrobadora, fueran quienes fueran sus amados. No hubo sexo, pero sí hubo cima, altura, algo así como Inmortalidad, y, si no, Calvario, Sufrimiento, Cruz, como asegura en el citado poema:

“Si esto dudas, Querido, /no tengo nada que mostrar,
Excepto el Calvario, /nada más”.


Ah, la muerte, la muerte, siempre la muerte, muchos poemas dedicados a ella. Por tanto, detente, y lee el poema, sencillamente impresionante, el que hace el número 582:

“Lo siento por los Muertos, hoy…”

Sí, los muertos que no pueden ya contemplar el espectáculo de un día de cosecha, esa jovialidad extática hurtada para siempre, y cuya dolorosa ausencia puede justificar esa “Incertidumbre de si el Sepulcro/no sentirá una especie de soledad…”.

¿La muerte es el fin de todo? ¿Hay trascendencia en la poesía de Dickinson? Más que un Dios tranquilizador, lo que aparece en ella es una especie de revelación de la Inmortalidad en momentos privilegiados de éxtasis, como el que fulgura en el prodigioso poema 630:

“Los momentos superiores del Alma
le sobrevienen en soledad…
[y consisten en]
Una revelación que hace la Eternidad
acerca de la Colosal Sustancia
de la Inmortalidad.”


Y también permanece la figura de Jesús, quien es, más bien, un garante de la inevitabilidad del sufrimiento, como pone de manifiesto el poema 670:

“Getsemaní,
no es sino un Provincia en el Centro del Ser…”


Dos son los hombres que podrían haber roto el corazón de la poetisa. Solamente ella, la gran Emily Dickinson supo la verdad. Lo más importante, sin embargo, fue el legado excepcional que regaló al mundo de la literatura y a los amantes de la poesía.

No es que el morir nos duela tanto –
No es que el morir nos duela tanto –
Es el vivir – lo que nos duele más –
Pero el Morir – es un camino distinto –
Una variedad detrás de la Puerta –
La Costumbre Sureña- del Pájaro –
Que antes de que lleguen las heladas –
Acepta una Latitud mejor –
Nosotras – somos los Pájaros – que se quedan.


Principales Obras

Poesía
Poemas por Emily Dickinson (1890)
Poemas: Serie Segunda (1891)
Poemas: Serie Tercera (1896)
Los Poemas Completos de Emily Dickinson (1924)
Más Poemas de Emily Dickinson: Mantenidos sin ser publicados por su hermana Lavinia (1929)
Poemas inéditos de Emily Dickinson (1935)
La recolección final: Los poemas de Emily Dickinson (1962)

Prosa
Cartas de Emily Dickinson (1894)
Emily Dickinson Cara a Cara: Cartas inéditas con Anotaciones (1932)

Marjo Garel para El Humanista
Fuente: El País Cultura, Poesía completa. Emily Dickinson. y otros.

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