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miércoles, 27 de junio de 2018

Un nuevo enfoque para tratar la hipocondría


Esta primavera, cuando parecía que todos los árboles de Brooklyn lanzaban polen al mismo tiempo, me apareció un molesto picor en la garganta con frecuentes espasmos de tos por los que me era difícil hablar o caminar. Atribuí el problema a una alergia, aunque nunca antes había tenido esa reacción.

Sin embargo, cuando empeoré en lugar de mejorar luego de haber tomado antihistamínicos y haber asumido que varios días de lluvia ya habían limpiado el ambiente, comencé a preguntarme si tenía algo más serio: quizá una neumonía atípica o quizá incluso cáncer de garganta provocado por años de tomar café caliente con popote.

Aunque traté de desechar esas ideas que me quitaban el sueño, la ansiedad acerca de mi salud se cernió sobre mí hasta que finalmente la tos se redujo y después de un tiempo desapareció. No obstante, el incidente me dio una idea de cómo debe ser padecer ansiedad crónica sobre la salud, un problema que durante mucho tiempo se llamó hipocondría: cuando la gente está convencida de sufrir una enfermedad grave no diagnosticada, a pesar de repetidas afirmaciones médicas de que no es así.

El actual manual diagnóstico para psiquiatría ya no incluye la hipocondría como un trastorno; en 2013 la sustituyó con dos nuevos conceptos: trastorno de síntomas somáticos y trastorno de ansiedad por enfermedad.

Jeffrey P. Staab, especialista en medicina psicosomática y conductual de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, dijo que se requirieron dos décadas de investigaciones para elaborar los nuevos conceptos, que eliminan el enfoque en los síntomas sin explicación médica. En cambio, los nuevos diagnósticos se concentran en la atención inadecuada a síntomas corporales y en las inquietudes excesivas respecto de la salud que, cuando se explican apropiadamente, pueden ser muy reconfortantes para los pacientes.

“La ansiedad por la salud y la vigilancia del cuerpo son mucho más comprensibles para los pacientes cuando se dan cuenta de que pueden tenerlas a pesar de la conclusión a la que llegue el médico”, señaló en un informe en línea para profesionales de la salud. “Hemos encontrado que es mucho más fácil involucrar a los pacientes si identificamos cuál es el problema, en lugar de cuál no lo es”.

En los pacientes con trastorno de síntomas somáticos, los síntomas crónicos provocan preocupación, miedo y aflicción excesivos acerca de que hay un problema grave, lo que los conduce a buscar que se les practiquen pruebas repetidas que rara vez alivian sus miedos, a pesar de que los resultados sean negativos. De hecho, los resultados negativos en las pruebas pueden aumentar los miedos de los pacientes acerca de que sus problemas nunca se identificarán ni tratarán de manera correcta.

Hasta el cinco por ciento de los pacientes que acuden al consultorio de un doctor cree que tiene un padecimiento médico grave no diagnosticado aunque no se le encuentre ninguno. La misma ansiedad persistente se convierte en una enfermedad debilitante. Es probable que estos pacientes insistan en que la atención médica que recibieron fue inadecuada. Incluso sus doctores pueden preguntarse si dejaron pasar algo que pudiera explicar los síntomas del paciente.

Los pacientes con trastorno de ansiedad por enfermedad pueden o no presentar una verdadera enfermedad médica, pero experimentan sensaciones físicas exageradas, como sudoración o un ritmo cardiaco acelerado, que pueden conducir a una ansiedad extrema sobre la posibilidad de padecer una enfermedad grave subyacente. Revisan constantemente su cuerpo en busca de señales de la enfermedad y dedican un tiempo y una energía exagerados a buscar obsesivamente una explicación acerca de lo que les puede estar pasando. Cualquier tos es neumonía; cualquier dolor de pecho, un infarto; cualquier dolor de cabeza, un posible cáncer cerebral o un accidente cardiovascular incipiente.

Debido a su enfoque casi constante en los síntomas y la convicción de que tienen algo grave, tener a alguien con estos trastornos como familiar o amigo puede ser todo un reto.

En otra forma de ansiedad relacionada con la salud, hay gente que cree que su salud está constantemente amenazada por microbios peligrosos que se encuentran por todas partes, desde el aire del baño hasta los brazos de los asientos en un avión, pasando por las mesas de las cocinas. Llamados a menudo microbiofóbicos, pueden usar máscaras faciales en público, lavarse las manos decenas de veces al día y rociar todas las superficies con desinfectante antes de tocarlas.

Un amigo especialmente temeroso de los microbios insiste en que mis platos “no pueden estar realmente limpios” porque dejo que mi perro los lama antes de lavarlos y no uso lavavajillas.

El mes pasado, algunos investigadores de la Universidad de Connecticut y la Universidad Quinnipiac dieron a los microbiofóbicos algo más sobre lo cual preocuparse: los secadores de manos de aire caliente de los baños públicos, pues mostraron que pueden absorber bacterias del aire y lanzarlas sobre parroquianos desprevenidos que se sequen las manos “de manera higiénica”.

Sin embargo, un enfoque excesivo en “conductas seguras”, según señalaron los expertos en el British Journal of Psychiatry, puede empeorar el problema, pues mantiene la atención enfocada en un temido posible desastre de salud.

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